¡Hay que parar la oleada derechista que profundiza la violencia contra la mujer!

Las atrocidades contra la mujer están aumentando a ritmo alarmante. Cada día estamos enfrentando nuevas características, nuevas formas y nuevas cifras. Y no hay que esperar que esta realidad mejore en la situación actual. Todo lo contrario.

Una ola de derechización, con cada vez más tendencia al fascismo viene creciendo en el mundo. Del Estados Unidos de Trump a las Filipinas de Duterte, de la Italia de Salvini al Brasil de Bolsonaro y a la Colombia uribista... la ultraderecha campea a sus anchas. Y ha movido todo el espectro político hacia la derecha. Hay todo un programa reaccionario en el que uno de los aspectos que más impacto tiene es en la situación de la mujer.

No es difícil ver que los que dominan estas sociedades y el mundo en su conjunto, a pesar de la alharaca y aparente compasión de muchos (cada vez menos) de ellos, realmente no están dispuestos a hacer frente a este problema clave que amenaza la vida de la mitad de la humanidad. Algunos de ellos quizás se preocupen por el aspecto criminal del “problema” que podría amenazar su legitimidad y control, pero es más que dudoso que sus preocupaciones sobre el estatus de la mujer sean genuinas o que tengan efectos reales.

La consigna de la Alemania nazi Kinder, Küche, Kirche (“niños, cocina, iglesia”) como “destino” de la mujer, equivalente al de estar siempre “descalza y embarazada” del Estados Unidos tradicionalista y al victoriano “el lugar de la mujer es la casa”, han vuelto a estar en boga, en una u otra versión en pleno siglo XXI. En todo el mundo. Y, desafortunadamente, no es exageración.

Ante la creciente tasa de violencia contra la mujer, en 1999 la ONU declaró el 25 de noviembre como el Día Internacional para la Eliminación de la Violencia contra la Mujer. La conmemoración de esa fecha había sido iniciada en Latinoamérica en 1981 aludiendo al día, en 1960, en la que fueron asesinadas por el régimen en República Dominicana las tres hermanas Mirabal, luchadoras contra la tiranía trujillista.
En América Latina se están promoviendo con mucha fuerza “influencers” ultraderechistas (anti-aborto, anti-“ideología de género”, homófobos, anti-comunistas) como los misóginos argentinos Agustín Laje y Nicolás Márquez, la ecuatoriana Amparo Medina y la brasileña Sara Winter. Esta última estará en varias ciudades colombianas estos días en un plan propagandístico estructurado en el continente por la iglesia católica.

Para justificar la opresión de la mujer (entre otras), muchos gobernantes y otros políticos en países de Europa y América proclaman que el cristianismo está en la entraña misma de la cultura occidental. Pero, ¿qué cultura importante no tiene la opresión de la mujer en su entraña? La cuestión es que en la creciente ola fascistizante actual los fundamentalismos religiosos constituyen una punta de lanza clave.

La violencia contra la mujer no tiene nacionalidad, ni religión ni origen étnico; puede tomar diferentes formas en diversas partes del mundo. Ha sido parte de todas las sociedades de clase, desde los tiempos antiguos hasta el modo de producción capitalista hoy prevaleciente en el mundo en su conjunto. Pero los capitalistas y sus promotores han recurrido a diversos medios para atribuir esta violencia a todo menos a lo que está relacionada. Una ojeada a las estadísticas y un breve repaso de la historia, muestra que esta violencia es parte de la opresión de la mujer en su conjunto a escala mundial y está relacionada con la subordinación de la mujer al hombre que apareció con el surgimiento de la propiedad privada.

 

En su informe de violencia contra la mujer, Medicina Legal reporta que de 2013 a septiembre 2018 se registraron 6.013 homicidios, 253.678 casos de violencia interpersonal, 110.098 exámenes médico-legales por presunto delito sexual y 331.486 casos de violencia intrafamiliar. (El Espectador, 17-nov-2018)

Las cifras de violencia casi nunca incluyen las muertes debidas a que el aborto es ilegal o es muy restringido. También hay muchas mujeres que son pobres y vulnerables y pueden ser engañadas, coaccionadas o drogadas para vender sus cuerpos. Millones de mujeres y niñas son forzadas y tratadas cruelmente para meterlas en el comercio sexual internacional, una forma moderna de esclavitud. Esto se da en muchas partes del mundo, ya que hay un mercado enorme para la compra de sexo y pornografía, que degrada, humilla e incita a la violencia contra la mujer.

Esto no niega la diferencia en las formas, ni niega las reformas que la burguesía ha hecho en las formas de subordinación de la mujer al hombre. El punto es que la violencia contra la mujer, de cualquier tipo (incluyendo la violencia verbal, que tiene consecuencias psicológicas muy dañinas), es universal y muy brutal. Ha sido profundamente inculcada en la cultura de todas las sociedades de clase y es una parte inseparable de las religiones, tradiciones y morales que son generadas e impuestas por el modo de producción basado en la explotación y el resultante carácter opresivo inherente a las relaciones sociales en todas las sociedades de clase.

La violencia contra la mujer no puede ser eliminada con llamados a la acción para reducir la cantidad de incidentes, ni con la aprobación de leyes para restringir una forma de violencia mientras toda la sociedad exuda chovinismo masculino por todos sus poros. No importa cuántas leyes se aprueben ni cuántos fondos se asignen para reducir las cifras de violencia contra la mujer, en esta sociedad de clases seguirá siendo un medio de control sobre la mujer y un mecanismo para mantenerla en una posición subordinada, porque el control sobre la mujer y su cuerpo es parte integral de todos los sistemas de explotación, incluyendo el sistema capitalista. El sistema capitalista ha utilizado la opresión de la mujer y ha añadido e inventado horribles formas de violencia contra ella, porque considera sagrada la propiedad privada, donde están las raíces de la discriminación y la violencia contra la mujer.

Tenemos que ubicar la lucha contra la opresión a la mujer en el marco de la resistencia contra todo el programa reaccionario, no puede ser aparte. No es cuestión de una “guerra de sexos” sino una lucha donde hombres y mujeres entiendan la fuente de opresión de la mujer y luchen por eliminarla como parte de emancipar a la humanidad.

Se requiere una transformación verdaderamente revolucionaria. Como acertadamente sintetiza Bob Avakian: “La opresión de la mujer está íntimamente ligada a la división de la sociedad en amos y esclavos, explotadores y explotados, y acabar con todo esto es imposible sin liberar completamente a la mujer. Por eso la mujer desempeñará un enorme papel en el proceso de hacer la revolución y garantizar que no pare a medias”. Tenemos que contemplar qué se necesitará para conseguir la liberación cabal de la mujer e ir más allá de una sociedad en que tal atraso existe y las leyes lo consagran. ¡Romper las cadenas! ¡Desencadenar la furia de la mujer como una fuerza poderosa para la revolución!

Brigadas Antiimperialistas

25 de noviembre de 2018
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