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La sumisión o la muerte: La política israelí hacia Gaza

3 de julio de 2006

Diez meses después de dejar Gaza, el ejército israelí está de regreso, con el mensaje: la sumisión o la muerte.

Principalmente han atacado a la población civil. En la primera incursión nocturna, cazas israelíes destruyeron la única planta eléctrica de Gaza. Una semana más tarde, mientras que aún ardían los seis transformadores, bombardearon los caminos de acceso, para que no hubiera ninguna oportunidad de hacer reparaciones en los meses por venir. La mitad de los 1.4 millones de personas de Gaza quedaron sin electricidad. La otra mitad depende de la electricidad proveniente de Israel. Sin electricidad no se puede bombear ni purificar el agua. Las bombas son cruciales porque los acuíferos ya están tan bajos, debido, en parte, al excesivo uso del agua por los colonos israelíes por décadas. Sin electricidad tampoco se pueden bombear las aguas negras. Existe un peligro grave de enfermedades epidémicas.

El ejército israelí ha alternado entre bloquear y restringir fuertemente el transporte de comida, gas de cocina y otras necesidades hacia Gaza. Su propósito es dejar requeterecontrareclaro a los palestinos que Israel controla las cuerdas de la vida de Gaza y que las pueden apretar.

En las primeras horas de la ofensiva, los cazas israelíes bombardearon puentes importantes, lo que interrumpió el tráfico norte-sur. Cada noche los cazas repetidamente sobrevolaron a ras del suelo a zonas pobladas a velocidades supersónicas para que el ensordecedor ruido estrellara ventanas, sueño y nervios. Los cazas israelíes soltaron volantes con la advertencia de que la vida de los habitantes de Gaza correría peligro en caso de que los soldados terrestres israelíes ocuparan el norte. Es más, comandos israelíes, a veces disfrazados de combatientes palestinos, se infiltraron en el norte de Gaza por la noche y sacaron a las familias a punta de fusil y las expulsaron. Quizás Israel se prepara para declarar los alrededores de la frontera una zona de fuego.

¿Adónde se supone que deberían ir los habitantes? Son presos, cercados por Israel, el mar y un muro detrás del cual está el Egipto controlado por Estados Unidos. Ni siquiera pueden refugiarse con sus familias en Cisjordania, pues Israel la ha cortado completamente de Gaza.

Las Convenciones de Ginebra (el protocolo adicional 1 de 1977) prohíben el castigo colectivo de la población, los ataques a las instalaciones imprescindibles para la supervivencia de los civiles y el uso de la “fuerza desproporcionada” que perjudique a civiles y no tenga propósitos militares. Eso quiere decir que según el derecho internacional, el gobierno israelí y los mandos de las fuerzas armadas están cometiendo crímenes de guerra por los cuales se les podrían procesar en un tribunal internacional. Pero el vocero de George Bush dijo: “Israel tiene el derecho a defenderse a sí mismo y a sus ciudadanos”. La Unión Europea asumió la misma posición.

 ¿”Defenderse a sí mismo” de qué? ¿De la captura de un solo soldado? Pocos medios impresos israelíes están convencidos de eso. Como Israel tiene amplias metas políticas, el secuestro del cabo del ejército israelí Gilad Shalit es simplemente un pretexto.

El blanco declarado de Israel es la organización palestina Hamás que ha controlado el gobierno de la Autoridad Palestina desde las elecciones de enero. Israel dijo que Hamás era responsable cuando los combatientes palestinos cavaron un túnel hacia Israel, atacaron un retén y capturaron al soldado el 25 de junio, ofrecieron ponerlo en libertad a cambio de la libertad de mujeres y niños palestinos presos. Los soldados israelíes se vengaron en Cisjordania arrestando al primer ministro y 63 ministros y miembros de parlamento palestino. Aunque proclama con hipocresía que el pleito se trata del “secuestro” y la “extorsión,” el propio gobierno israelí tiene rehenes. “¿Quieren que pongamos en libertad a los presos?”, dijo el primer ministro israelí Ehud Olmert ante una reunión ministerial cerrada. “Pondré en libertad a estos arrestados [los líderes de Hamás] a cambio de Shalit” (Ha’aretz, 30 de junio). Cuando los proyectiles israelíes prendieron fuego a las oficinas del primer ministro palestino Ismail Haniya en Gaza, las autoridades israelíes dijeron que la acción tuvo por objeto manifestar que pueden asesinar a Haniya y otros líderes de Hamás cuando quiera que decidan hacerlo.

El cuento que a Israel le gustaría que el mundo creyera que empezó con el secuestro de Shalit, remonta mucho tiempo atrás. Ni siquiera se puede comprender la situación política inmediata sin ver la situación de al menos unas semanas atrás. ¿Cómo es posible que una persona con corazón olvide la matanza de siete miembros de la familia Gahlia por la artillería israelí en la playa de Beith Lahia el 8 de junio? Cuatro días después, mientras que todo mundo aún se arrugaba ante la fotografía de la muchachita que gritaba con susto ante los cadáveres de toda su familia, Israel masacró a por lo menos siete civiles más, entre ellos dos niños, con dos ataques con proyectil al concurrido distrito de Zeitoun de la ciudad de Gaza. Tres muertos eran trabajadores médicos quienes acudieron con prisa al lugar después de la primera explosión. El 20 de junio otro proyectil israelí dio muerte en un campamento de refugiados a tres niños, de 5, 6 y 16 años de edad.

En el lapso de unos meses, Israel disparó seis mil proyectiles de artillería contra Gaza y dio muerte a 50 personas y dejó con heridas a 200 más. Lo hizo, supuestamente, en respuesta al lanzamiento de aproximadamente 140 proyectiles caseros desde Gaza a la ciudad fronteriza israelí de Sderot... sin bajas. Las fuerzas islámicas palestinas no tienen ni la estrategia ni la visión para asestar una derrota militar a Israel. Cuando usan la violencia, su propósito es presionar para que Israel acepte sus demandas. La violencia de Israel también tiene propósitos políticos. Quieren mostrar que cuando se trate de presión, violencia u otra cosa, son los únicos que pueden ganar.

Después de las tres masacres en junio, quizás Hamás consideraba que no podía continuar contando con mucho apoyo popular sin una acción de resistencia militar. Pero la actitud de Israel es como aquella de cualquier alcaide: sin importar la provocación, los presos no tienen derecho a desafiar a los carceleros. En términos concretos los palestinos quienes quieren saldar cuentas con Israel tienen que hacer más que aceptar lo que a Hamás le gusta llamar “realidad”... el poder israelí (y fundamentalmente estadounidense). Tienen que aceptar a Israel en lo ideológico y en lo político, a fin de actuar en lo objetivo y de hablar y pensar como pueblo subyugado. Tienen que abandonar cualquier pretensión de aferrarse al ideal de la liberación de Palestina.

Durante años Israel (y Estados Unidos) apuntalaron la dirección de Hamás. Después de la guerra de 1973, Israel se apoderó de Gaza, puso en libertad al futuro fundador de Hamás, el jeque Ahmed Yassin, al cual había encarcelado el gobierno egipcio que gobernaba Gaza. Por años Israel financiaba al movimiento islámico contra la Organización para la Liberación de Palestina de Yasser Arafat. En el libro Devil’s Game: How the United States Helped Unleash Fundamentalist Islam [El juego del diablo: Cómo Estados Unidos contribuyó a desatar al Islam fundamentalista] (Metropolitan Books, 2005), Robert Dreyfuss cita a un analista de alto nivel de la CIA: “Vimos que Israel impulsaba al Islam como contrapeso al nacionalismo palestino”. Cuando Israel dice que no “negocia con terroristas,” eso no es cierto en absoluto. Por ejemplo, en 1992, después de volver a arrestar a Yassin, lo pusieron en libertad a cambio de dos agentes israelíes pescados en el Líbano. Puede que Israel odie a personas como Yassin (después lo asesinaron), pero las fuerzas islámicas son un enemigo que acepta Israel. Los sionistas y los fundamentalistas islámicos se parecen en términos de ideología religiosa y “política identitaria”; pero Israel les teme menos que a las fuerzas laicas.

Mientras que impulsaba a Hamás, Israel, con la ayuda y la aprobación de Estados Unidos, hizo todo lo que pudiera para rebajar a Arafat y a la OLP laica. Aunque al comienzo eran más radicales, con el tiempo Arafat y la OLP firmaron un tratado que aceptaba la existencia de Israel y la “hoja de ruta” propuesta por Estados Unidos, Europa y Rusia para miniEstado palestino al lado de Israel. No obstante, los soldados israelíes mantuvieron preso a Arafat en su complejo cisjordano durante los últimos dos años y medio de su vida. Israel se negó a negociar con su sucesor Mahmoud Abbas y el gobierno de la OLP que dirigía. Decía que la OLP no era ni un “socio de paz” ni un auténtico representante del pueblo palestino. Cuando los palestinos echaron al desacreditado gobierno de la OLP y eligieron a Hamás, Israel y Estados Unidos de repente hallaron utilidad en Abbas y alentaron a la OLP a tomar el poder, incluso mediante una guerra civil. Para dejar en claro a los palestinos quién mandaba, cortaron casi todos los fondos hacia Cisjordania y sobre todo hacia Gaza.

Vaya “democracia” que Estados Unidos e Israel dicen defender.

Como la OLP, Hamás ha buscado acomodarse con Israel. Declaró un cese el fuego unilateral antes de su elección a controlar la Autoridad Palestina. Su dirección anunció repetidamente su disposición a declarar una tregua “temporal” de 60 años y a aceptar la existencia del Estados sionista. Sus representantes firmaron el llamado Documento de Presos lanzado por los miembros de todas las organizaciones palestinas en las cárceles israelíes. (Hay más de nueve mil palestinos presos en estas cárceles.) El documento pide un Estado palestino dentro de las fronteras establecidas por Israel en la guerra de conquista de 1967, lo que abandona implícitamente la demanda de los palestinos de recuperar todo el territorio de Palestina. Estipula la entrada de Hamás y la Jihad islámica a la OLP, cuya carta de constitución reconoce oficialmente al Estado israelí (la OLP es una coalición cuya organización dirigente es el grupo Fatah de Arafat). Y pide la formación de un gobierno de unidad nacional con Hamás y Fatah, un fin a los ataques a Israel y a las riñas entre las organizaciones palestinas.

Aunque los presos firmaron el documento el 18 de mayo, el gobierno de Hamás no lo aceptó formalmente hasta después de la captura del cabo israelí y justo después del ataque israelí contra Gaza.

Unos analistas especulan que las fuerzas de Hamás opuestas al acuerdo fraguaron la operación militar palestina fronteriza a fin de sabotearlo. Pero es poco creíble que se pudiera predecir de antemano la posibilidad de agarrar desprevenidos a los soldados israelíes y capturar a uno de ellos. Hay fundamento para especular que la dirección de Hamás, consciente de que estaba a punto de firmar un acuerdo que muchos palestinos considerarían un retroceso histórico o una traición, decidió adelantarse con una acción militar con que pudiera conservar su reputación combativa y mantener la cabeza en alto, con el fin de afirmar que capitulaba a Israel desde una posición de fuerza. En ese sentido, el conflicto tiene que ver tanto con el tono como con los términos de un compromiso entre Israel y el gobierno palestino.

En los hechos, al parecer Hamás accedía muy conscientemente a aceptar implícitamente la hoja de ruta que el mismo Israel decía que aceptaba. Pero eso encierra dos problemas muy relacionados.

Primero, Israel no tiene ninguna intención de retirarse a sus fronteras de antes de 1967, tal como estipula la hoja de ruta. El primer ministro Ehud Olmert continúa la política de su antecesor Ariel Sharon, la de consolidar los asentamientos (colonias) en Cisjordania. En lugar de abandonarlos, Israel se propone anexarlos y formar dos puños que penetraran profundamente en Cisjordania y la dividieran en tres partes. El propósito es asegurar que incluso esta parte pequeña de la Palestina original nunca se convierta en una entidad articulada geográfica, económica y política y conservar a Jerusalén y expulsar a los habitantes no judíos. Un objetivo ideológico central del sionismo es convertir a Jerusalén en una ciudad judía tras miles de años de otra tradición.

En el caso de la hoja de ruta, es cierto que Israel retiró sus pequeños asentamientos de Gaza. Pero los sionistas contemplan usar a Gaza principalmente como territorio en que meter a los palestinos quienes antes vivían en lo que es ahora Israel. Es simplemente un campamento de detención en el desierto. Sus habitantes tienen poquitos medios para sobrevivir y literalmente ninguna salida. (El ingreso anual promedio es de $600 al año, la mitad de eso en Cisjordania y 40 veces menos que en Israel.) Israel necesitaba retirar de Gaza a los colonos con fuertes motivaciones ideológicas para reforzar a la población, fuerzas armadas y espíritu sionista en Cisjordania.

Segundo, Israel no tiene ninguna intención de dejar que los palestinos conserven su dignidad. Pueden que soporten al gobierno de Hamás, al igual que no tuvieron ningún pleito estratégico con el gobierno de la OLP en sus últimos años, en cuanto a acuerdos. Pero lo que no les gustan ahora es la actitud de Hamás: las declaraciones de la dirección de que pueden aceptar a Israel como “un hecho” sin darle su “aprobación”. Es más, lo que no les gusta es la actitud de las propias masas, a las cuales trata de apelar Hamás. Los palestinos, por mucho que los hayan pisoteado y despreciado, se han negado a abandonar su dignidad y resistencia. Israel no tolerará ni a esas fuerzas quienes hablen mucho acerca de la resistencia.

El ataque israelí a Gaza tiene un propósito político: imponer una “paz” a los palestinos que sirve a los intereses sionistas, doblegar o quebrar a las organizaciones palestinas y sobre todo humillar a las masas para que acepten lo que Israel les ofrezca, conforme a los términos de Israel, punto.

El mayor peligro al proyecto sionista provendría de las fuerzas revolucionarias que reconozcan y basen su estrategia en la relación entre los intereses de los palestinos y aquellos de los pueblos del mundo y de la revolución mundial. De nuevo Israel ilustra que por difícil que sea que los palestinos continúen luchando por sus derechos como pueblo, que quiere decir reemplazar a Israel con un Estado plurinacional y laico, cualquier otro camino es definitivamente una ilusión.

 

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