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La venidera conferencia de Annapolis: ¿Qué "horizonte" para los palestinos?

12 de noviembre de 2007

“Francamente, ya es hora de tener un Estado palestino”, dijo Condoleezza Rice en octubre cuando lanzaba los planes para la cumbre ahora programada para el 27 de noviembre en Annapolis, Maryland.

La secretaria de Estado yanqui y el gobierno de Bush que representa son conocidos por todo menos su sentido del humor. Pero una respuesta sensata sería una amarga risa.

1. La hoja de ruta hacia la nada

La falta de entusiasmo de los actores meso orientales invitados a la “conferencia” ha obligado a Estados Unidos a rebajarla a una “reunión”, reflejo de la consideración de que, en el mejor de los casos, no se esperan resultados concretos sino sólo más negociaciones acerca de cómo ejecutar la misma “hoja de ruta” decretada por Estados Unidos para el “proceso de paz” hace cuatro años, un plan cada vez más gastado y trillado cuyo origen remonta a la cumbre del Campo David de 2000, cuando Estados Unidos hizo su última campaña de importancia. Desde entonces, el único movimiento en el terreno ha ido más y más lejos de esos puntos, sobre todo por parte de Israel, cuya posición es que, de un lado, debería haber “paz” para Israel, y del otro, que el Estado sionista y los intereses israelíes tendrán prioridad absoluta siempre. Han ignorado las restricciones moderadas sobre la expansión sionista propuestas en la “hoja de ruta” de 2003, por ejemplo, que Israel deje de ampliar sus colonias en las zonas donde se propone establecer un futuro “miniEstado” palestino. En Annapolis, se trata de ver en estos acuerdos cuánto menos se puede obligar a los palestinos a aceptar.

Pese a lo que se negocie en Annapolis, hay que tener presente un panorama básico: aunque Israel cumpliera cada una de las demandas propuestas por el negociador palestino designado, el presidente de la Autoridad Palestina Mahmoud Abbas e incluso Hamás, a que Estados Unidos no ha invitado, Israel aún retendría el 78 por ciento de lo que anteriormente era Palestina, el territorio entre el río Jordán y el mar Mediterráneo. Los únicos temas que se permite considerar son qué parte del 22 por ciento restante dejar tener a los palestinos y bajo qué condiciones.

He aquí las condiciones mínimas de Israel:

• “En el terreno”, si no por acuerdo, una Cisjordania todo menos partida en mitad por colonias israelíes levantadas en las mejores tierras (por el suministro del agua del subsuelo).

• Explícitamente, no se permite a ningún palestino volver a su hogar en lo que hoy es Israel.

• Implícitamente, todo el territorio asignado a los palestinos estará sujeto al control perpetuo israelí.

En violación de la “hoja de ruta”, que previó el desmantelamiento de las colonias israelíes ubicadas más allá de la línea establecida por la guerra de 1967, que aumentó muchísimo la cantidad de territorio originalmente robado por Israel, esas colonias han estado creciendo. El número de colonos ilegales (“ilegales” según la “hoja de ruta” y el derecho internacional) ha estado aumentando a una tasa de 5,8 por ciento al año, según un nuevo informe de la organización israelí Paz Ahora (www.peacenow.org.il).

Hoy, el impacto de estas colonias es mucho mayor que ese porcentaje, porque están concentradas en la zona al este de Jerusalén que los israelíes llaman Ma’ale Adumin. Estas casas, a diez minutos por carro de la ciudad por caminos especiales exclusivamente para los israelíes, ofrecen más que la perspectiva de una vida suburbana cómoda. Aislaron a los barrios palestinos que quedaban en Jerusalén oriental (después de la limpieza étnica) de las zonas de Cisjordania donde aún se permite que vivan los palestinos y rebanaron a Cisjordania en un norte y sur desarticulados con poco acceso directo entre los dos. (Aunque las colonias no se extienden hasta el río Jordán en el este, ocupan las mesetas estratégicas pobladas por las cuales pasan la mayoría de los caminos norte-sur.)

Paz Ahora escribe: “Sin contigüidad territorial y sin acceso a Jerusalén oriental, no puede haber ningún Estado palestino viable y no podremos concertar un acuerdo para terminar el conflicto”. No obstante, el conflicto se trata de mucho más que la configuración de Cisjordania y qué parte de Jerusalén oriental se considera como parte de algún “miniEstado” palestino. El debate acerca del “derecho de regresar” de los palestinos ilustra asuntos más básicos.

Una de las ironías de la planeación para la “reunión” de Annapolis es que no se centra en el debate acerca de qué discutir sino en acerca de qué no discutir. Abbas está resuelto a que no haya ningún acuerdo específico acerca del derecho a volver a sus hogares de los millones de palestinos desterrados a otros países cuando se estableció Israel en 1948-49. Lo hace por una razón muy entendible: lo único que Israel aceptará sería un acuerdo que prohíba su regreso. Por eso Israel pide que figure en la agenda. Los israelíes, por su parte, no quieren ningún acuerdo acerca de fronteras futuras permanentes, porque su territorio se expande constantemente, mientras que en el caso de Abbas, las fronteras específicas del futuro miniEstado son el punto más importante de la agenda (International Herald Tribune, 12 de noviembre de 2007).

Un análisis superficial de la situación de Gaza ilustra de manera contundente cómo sería tal miniEstado. A diferencia de Cisjordania, el ejército israelí ya no ocupa Gaza. Pero Israel sigue exprimiendo aún más a la población de Gaza que a aquella de Cisjordania. Israel controla toda entrada y salida por tierra, mar y aire, y aprovecha su control fronterizo de una manera muy brutal porque considera a Gaza como una “entidad hostil”, pues Israel y Estados Unidos no aceptan a su gobierno electo (al parecer, el gobierno de Hamás deja que de vez en cuando se disparen unos cohetes artesanales a Israel para obligar a éste aceptarlo).

Pero pese al futuro gobierno palestino que se elija, sea hostil o amistoso, el gobierno israelí ha declarado que en ninguna circunstancia dejaría que los palestinos transiten libremente entre Gaza y Cisjordania, aunque existiera un miniEstado. Además, si bien Cisjordania colinda con Jordania y por lo tanto no estaría rodeada completamente por Israel, Gaza también colinda con un país árabe, Egipto, que con unos leves gestos para guardarse las apariencias, ha colaborado con la transformación de Gaza en un centro de detención sin salida. Egipto y Jordania son países cuyos gobernantes son completamente dependientes de Estados Unidos. Los palestinos están cercados.

En el caso de Gaza no ocupada, Israel tiene la última palabra acerca de todo lo que ocurra en los frentes económico, militar y político. Cuando algo esté del desagrado de los israelíes, éstos envían tropas a voluntad, para llevar a cabo ataques y detenciones sorpresa y enormes incursiones militares con vehículos blindados, siempre con la protección aérea permanente de aviones de vigilancia, aviones no tripulados que disparan proyectiles, cazas y bombarderos, proyectiles cruceros, fuego de artillería, etc., ni mencionar armas atómicas.

Como ha sido del desagrado de Israel, hoy Gaza se muere de sed (por falta de combustible para los pozos, la destrucción aérea israelí de centros de bombeo, la falta de tubería y otro material de construcción cuya importación se prohíbe) y se ahoga en un mar de aguas negras (por las mismas razones). Las grandes lagunas de aguas negras rodeadas de diques de tierra amenazan la vida y la salud. Israel recortó el número de camiones que permite pasar al día en casi 70 por ciento, y eso paraliza la economía de Gaza y los trabajos de la población. Escasean los alimentos y aumenta su precio. El bloqueo ha causado muertes entre los cuatro mil palestinos a los cuales Israel ha prohibido salir para tratamiento médico. Israel no permite que salgan 670 estudiantes palestinos matriculados en universidades en el extranjero. No permite que casi nadie salga y no permite que entren muchos palestinos que se encuentran en el extranjero. Hoy, Israel ha anunciado que recortará la electricidad.

Todo eso constituye un arresto domiciliario o peor para 1,5 millones de personas. Israel lleva a cabo castigos colectivos, en violación del derecho internacional (si bien con el aval de Estados Unidos y otras potencias occidentales). Su capacidad de hacer todo eso muestra que cualquier miniEstado palestino potencial aceptado por los sionistas no estaría menos subordinado a Israel, a pesar de lo que quiera sus dirigentes, y que para establecer tal Estado se tendrá que convencer a Israel de que habrá un gobierno no “hostil”.
Por definición, aquél no es un Estado soberano en absoluto.

II. ¿Por qué Annapolis?

¿Qué busca Estados Unidos mediante la cumbre de Annapolis? ¿Se cree que se vaya a lograr algo?

La cumbre tiene sentido sólo si se ve en un contexto más amplio. La mayoría de los observadores consideran que existe muy poca posibilidad de alcanzar acuerdos, decisiones sustanciales o pasos concretos. En lugar de criticar a la oposición de Israel a compromisos concretos, Estados Unidos acepta su política, porque la existencia del Estado israelí es una piedra angular de la dominación estadounidense del Medio Oriente que no admite cuestionamientos. Quizás no se trate tanto de Palestina, sino de mantener en marcha el ciclo de negociaciones a negociaciones hacia una “solución de dos Estados” y contribuir a borrar la idea de que se debería resolver el problema palestino de la única manera que se podrá resolver en beneficio de los intereses de todo el pueblo: el reemplazo del Estado judío por un país plurinacional y laico.

Pero se arman las negociaciones en pro de un propósito más inmediato. “¿Qué hace Condi?”, escribió el apologista bushiano David Brooks (International Herald Tribune, 7 de noviembre de 2007). Se contesta a sí mismo: “De veras no se trata de Israel y los palestinos; se trata de Irán”. En otras palabras, la apariencia de “hacer algo” acerca de Palestina y el motivo de la reunión de Annapolis tienen por objeto contribuir a “construir una coalición” de gobiernos “moderados” (que quiere decir sunitas y dependientes de Estados Unidos) contra un país para el cual de diversas formas Estados Unidos ha puesto a la orden del día un cambio de gobierno.

En la medida en que ha habido debate acerca de la reunión programada, se ha dado en ese contexto. Brooks la llama una oportunidad para aislar a Irán y a los aliados del gobierno islámico (Siria, Hezbolla en el Líbano y Hamás en Gaza). Al parecer eso es el plan de Rice. En oposición a eso, una carta abierta de alto perfil del 10 de octubre de 2007 a Bush, de varios antiguos estrategas de la política exterior estadounidense y actuales críticos a Bush, como Zbigniew Brzezinski, Brent Scowcroft y otros antiguos funcionarios de alto nivel de ambos partidos [Republicanos y Demócratas], llamó a usar la reunión para hacer distanciar a Hamás, Hezbolla y sobre todo Siria de Irán. Pese a sus discrepancias reales, ambos bandos comparten el mismo punto de partida implícito: hay que aislar a Irán, con urgencia.

Hacia ese fin, la carta de Brzezinski señala la necesidad de “tener el valor de trazar nuevos caminos y dar pasos audaces” para atraer a Hamás y Siria y para generar “resultados que importan para la vida cotidiana de los palestinos”. La conexión entre las dos clases de medidas, sostiene, es que con el apoyo de Siria y Hamás y el aislamiento de Irán, y cuando menos un poquito para los palestinos humillados y hambrientos y sobre todo los políticos palestinos, se puede transformar a Palestina de un factor a favor de “la creciente ola de inestabilidad y violencia” que amenaza el orden regional, en un factor que obra a favor de la región.

Sobre esta carta se puede decir que, cuando menos hasta ahora, lo que Estados Unidos ha buscado en el Medio Oriente no ha sido la “estabilidad” sino el cambio radical. Si no, ¿por qué invadir a dos países y ahora amenazar a otro? Es verdad que algunos partidarios de los intereses del imperialismo norteamericano están muy preocupados acerca de lo que esta actitud temeraria ha generado y que generará. También es verdad que aunque Estados Unidos siga aplicando su plan de trastornar el orden con un cambio de gobierno en Irán, aún tiene que construir una coalición y mantenerla intacta. Eso también requiere por lo menos una apariencia de unos avances acerca del problema palestino.

Ambos polos del debate están de acuerdo sobre otro punto. El título de la carta de Brzezinski, “El fracaso entraña el peligro de consecuencias devastadoras” (“en la región y más allá”, agrega la carta), sintetiza su mensaje fundamental. En lugar de ofenderse públicamente, Rice misma repitió estas palabras: “El fracaso no es una opción”. Eso también era tema de otra carta abierta de Henry Kissinger, el arquitecto de muchos crímenes norteamericanos en el mundo, titulada “Guión osado, actores débiles”. Kissinger advierte que dejando de lado la posición precaria del gobierno israelí de Olmert, el palestino Abbas, los temerosos gobiernos árabes aliados de Estados Unidos y el mismo presidente Bush, hay dos opciones: lograr imponer la “dirección norteamericana” o correr el peligro del “aislamiento norteamericano”. “Ni en Palestina ni en Irak se puede impulsar la influencia norteamericana con una imagen de retirada. Todos los pueblos de la región, sean amigos o enemigos, estarán juzgando la suma de los propósitos de Estados Unidos y su firmeza en busca de ellos”.

Llevar a cabo todo lo que representó la reunión programada de Annapolis y fracasar tendría peores consecuencias que no celebrarla en absoluto, porque revelaría y exacerbaría las grietas y la falta de un futuro (en cuanto a lograr algo bueno para el pueblo) del proyecto norteamericano para la región y el mundo, y perjudicaría la capacidad de Estados Unidos de controlar la situación. Eso envalentonaría a las fuerzas agrupadas en torno a Irán y el fundamentalismo islámico en general. Pero si Estados Unidos no hiciera nada acerca de Palestina, eso también alentaría a sus oponentes y socavaría su capacidad de imponer su voluntad. Pese a cómo se le mire, la situación actual, a pesar de la fuerza de Estados Unidos, no es sostenible.

 

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