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60 años de Israel: De mal en peor

12 de mayo de 2008

Mientras que Israel observa el 60º aniversario de su fundación, el sentimiento entre muchos israelíes es más agrio que festivo.

Hay un gran malestar, o algunas personas dicen, una crisis, en Israel, aunque no se trata de un posible hundimiento. El patriotismo de una sociedad privilegiada, el egoísmo amoral de sus ciudadanos y el fervor religioso místico y sanguinario se contienden y se combinan en una maraña hirviente, cínica y a menudo infeliz.

En el número de mayo de la revista estadounidense The Atlantic, en un artículo sobre un sentimiento sombrío en Israel que se ventilaba ampliamente allí, Jeffrey Goldbert intenta explicar por qué los israelíes deben estar regocijándose, aun si no lo estén.

“Su país es, casi sin duda, un éxito asombroso. Tiene una economía grande, sofisticada y creciente (tuvo un producto interno bruto el año pasado de $150 mil millones); las mejores universidades y centros médicos del Medio Oriente; y una ciudad importante, Tel Aviv, que es un centro de arte, moda, cocina y alta cultura que abarca una bella playa mediterránea. Israel se ha mostrado, con excepciones notables, versado en la autodefensa, y capaz (si bien con imperfecciones) de proteger los derechos civiles en tiempos de guerra. Se hizo un centro mundial de sabiduría y autoexpresión judías; su fuerza ha hecho más resueltos a los judíos alrededor del mundo; y, de más importancia, ha absorbido y otorgado ciudadanía a millones de judíos previamente empobrecidos y desposeídos. Puede ser que el sionismo sea el movimiento de liberación nacional más exitoso del siglo 20”.

Esta tentativa de hacer una descripción encomiosa omite dos cuestiones básicas: ¿cómo los sionistas inventaron a Israel y cómo llegó a ser un “éxito asombroso”?

Primero, veamos la última frase. El sionismo jamás era un movimiento de liberación nacional. Desde hacía casi dos mil años que los judíos del mundo no han sido un pueblo unido. Ni siquiera tenían una lengua cotidiana en común. El hebreo era para judíos lo que el latín era para los católicos y el árabe para los musulmanes no árabes. Era una lengua de las escrituras y la religión. La imposición de esta lengua muerta significó el triunfo de una cultura “europea” conscientemente racista y colonialista sobre las culturas muchas más vivas y diversas de los judíos de habla yídish, árabe y ladino que fueron a Israel. (El yídish, o “el judío”, y el ladino son idiomas afines al alemán y al español, respectivamente).

Para crear a Israel, los sionistas expulsaron a la mayoría de los habitantes originarios. Para mantener a Israel como un estado judío, hoy el ejército israelí tiene a millones de integrantes del pueblo originario y sus descendientes presos en la cárcel al aire libre de Gaza, y, en Cisjordania, acorralados por colonias judías y colonos rabiosamente racistas y violentos; cercados por carreteras de importancia estratégica militar exclusivamente para los judíos; con 562 puntos de inspección humillantes que dividen a comunidades palestinas; columnas de tanques y equipos merodeadores de comandos que entran cuando quieren; y 254 kilómetros de un muro de apartheid.

¿Dónde está la liberación en esto?

El componente “nacional” en todo eso es el punto de vista de “mi nación” primero (sea construida real o artificialmente). Este es un punto de vista que toda revolución que ha tenido que pasar por la liberación nacional como parte de la revolución mundial tiene que superar.

En cuanto a cómo el movimiento sionista ha logrado hacer a Israel lo que es hoy, el pueblo israelí ha tenido poco que ver con ello. Si nadie se hubiera metido, tal vez Israel sería hoy un país agrícola mucho más pequeño y pobre, si siquiera existiera.

La mano que hizo rico y poderoso a Israel pertenece al Tío Sam, Estados Unidos.

“En las últimas décadas, especialmente desde la guerra de seis días de 1967, el eje de la política mesooriental de Estados Unidos ha sido su relación con Israel.... Desde la guerra de octubre de 1973, Washington ha dado a Israel un nivel de apoyo que eclipsa lo que da a cualquier otro estado. Ha sido el recipiente de asistencia anual directa económica y militar más grande desde 1976 y es el recipiente más grande en total desde la Segunda Guerra Mundial, de un total de mucho más de $140 mil millones (en dólares de 2004). Israel recibe cerca de $3 mil millones en asistencia directa cada año, aproximadamente un quinto del presupuesto [estadounidense] de ayuda exterior, y equivale a unos $500 por año para cada israelí. Esta generosidad es especialmente llamativa puesto que Israel ya es un estado industrial rico con un ingreso por persona más o menos igual a Corea del Sur o España....

“Se requiere que la mayoría de los recipientes de ayuda dada para propósitos militares gaste toda la ayuda en Estados Unidos, pero a Israel le permiten usar aproximadamente 25% de su ayuda para subvencionar su propia industria de defensa. Es el único recipiente que no tiene que explicar cómo gasta la ayuda.... Además, Estados Unidos ha suministrado a Israel casi $3 mil millones para desarrollar sistemas de armas, y le ha dado acceso a armamento muy sofisticado como los helicópteros Halcón Negro y los cazas F-16. Por último, Estados Unidos le da a Israel acceso a inteligencia que niega a sus aliados de la OTAN y se ha hecho de la vista gorda ante la adquisición por Israel de armas nucleares.

“Washington también le da a Israel constante apoyo diplomático. Desde 1982, Estados Unidos ha vetado 32 resoluciones del Consejo de Seguridad de la ONU que criticaban a Israel, más que el total de vetos de los demás miembros del consejo. Obstruye los esfuerzos de los estados árabes de poner el asunto del arsenal nuclear de Israel ante la Agencia Internacional de Energía Atómica. Estados Unidos acude en ayuda a Israel en tiempos de guerra y toma partido con él en las negociaciones de paz.... Por último, la ambición de la administración de Bush de transformar al Medio Oriente tiene la meta al menos en parte de mejorar la situación estratégica de Israel”. (John Mearsheimer y Stephen Walt, “La camarilla de cabilderos de Israel”, London Review of Books, marzo de 2006, en www.lrb.co.uk. A los autores académicos, que dicen que apoyan los intereses de Israel como de Estados Unidos, los han perseguido por denunciar con tanta contundencia la relación entre ambos países.)

Si bien los israelíes han logrado una vida económica cómoda, como concuerdan el artículo de The Atlantic y otros reportajes, “el estado de ánimo en Israel es peor que la situación”.

No se trata solamente de que hayan acusado al primer ministro israelí Ehud Olmert de haber aceptado sobornos de un hombre de negocios estadounidense, la cuarta denuncia de tal clase de la que lo han acusado. Los políticos israelíes de peso han sido corruptos desde hace mucho tiempo, por ejemplo los ilustres predecesores de Olmert, Ariel Sharon y Benjamin Netanyahu. El año pasado obligaron a dejar su puesto al presidente israelí por cargos penales, en ese caso por violar a mujeres subalternas. El caso reveló el grado en que la violación y el abuso sexual, por ejemplo de soldados femeninos por sus superiores del ejército israelí, han llegado a ser parte del tejido social.

Por todas partes en Israel se reconoce que el proyecto sionista de atraer a judíos de todo el mundo ha fracasado. Casi ha cesado la migración a Israel y el número de jóvenes que se van del país es una preocupación seria. El barniz “idealista” del sionismo laico y socialdemócrata (seudo-“socialista”) de los primeros años ahora parece tan lejos que los ahora muertos kibbutzim (cooperativas) donde los judíos supuestamente podían vivir en armonía entre sí en las casas robadas a un pueblo conquistado. A una gran cantidad de israelíes les cuesta trabajo conciliar lo que piensan de sí mismos (humanistas ilustrados, etc.) y lo que realmente son (ciudadanos privilegiados de una empresa criminal).

Otras corrientes en Israel buscan resolver esta contradicción de manera más abierta. Muchas personas, como el hombre una vez considerado el paradigma de los intelectuales progresistas israelíes, el historiador Benny Morris, cuyas investigaciones contribuyeron a destapar los mecanismos del “traslado” violento de los palestinos que acompañó el nacimiento de Israel, ahora piden explícita y fuertemente el “traslado” a otro lugar por la fuerza a la minoría árabe que queda en Israel… en el caso de Morris, a “algo como una jaula” (The New Yorker, 5 de mayo de 2008). Los palestinos con ciudadanía israelí representan el 20% de la población pero han perdido casi todas sus tierras. Últimamente los rabinos, que más y más moldean la vida pública, por ejemplo con demandas de autobuses separados para hombres y mujeres, están dictando edictos religiosos que prohíben que los judíos renten casas a los árabes. Ahora, una mayoría de los israelíes propone el “traslado” de todos los árabes que quedan a otro lugar, un punto de vista considerado extremo hace una década (International Herald Tribune, 28 de abril de 2008).

También hay un creciente sentimiento genocida entre aquellos israelíes que más reconocen lo que se requeriría para salvar al sionismo. Esto incluye a las amplias masas “religiosas nacionales” y al movimiento de colonos (aquellos que quieren “establecerse” en Cisjordania y expulsar de allí a los palestinos). Como equivalente de los Guardianes de la Revolución de la República Islámica de Irán y la milicia religiosa fanática Basijj, ya constituyen un cuarto del cuerpo de oficiales israelíes, un gran cambio desde los días en que se consideraba que el ejército era un baluarte del laicismo. La reciente amenaza de un alto funcionario del gobierno de “un holocausto más grande” (BBC, 29 de febrero de 2008) contra los palestinos es un descarado indicador de este sentimiento, especialmente teniendo en cuenta que la palabra “holocausto” (shoah) en hebreo lleva un significado profundamente religioso: una ofrenda del pueblo elegido a su dios.

El gran debate en la política y en la vida pública del Israel de hoy es “el problema demográfico”. Como pocos judíos están llegando a Israel desde afuera, se teme que en algún momento, si se permiten que los árabes se queden en Israel, el sionismo ya no pueda alegar que gobierna por medio de un gobierno de la mayoría, aun dentro de sus fronteras actuales. El mismo argumento se hace a menudo acerca de todas las tierras entre el río Jordán y el Mediterráneo, donde los palestinos ya son la gran mayoría.

El primer ministro Olmert habla con mucha franqueza sobre ello: solamente una “solución de dos estados”, de colocar a los palestinos en un lugar que no sea Israel y de mantenerlos allí, puede salvar la “democracia israelí”. Esta es la solución sudafricana, un estado de apartheid reservado para los judíos que domina a unas “patrias” palestinas troceadas e impotentes. No es una solución en absoluto para los palestinos, como se puede ver más claramente que nunca ahora en la gran prisión que es Gaza, después de que Israel retiró a sus colonos y ejército sin ceder ni un centímetro de su dominación.

La regla fundamental de la democracia israelí es que Israel tiene que ser judío. Como cualquier regla básica sobre el carácter de una sociedad, este es un asunto resuelto por la fuerza, no por los votos. Este es el marco que ha definido lo que se considera aceptable en la sociedad israelí. Hace unas décadas, al historiador Morris le negaban trabajo en Israel hasta que, cuando le hicieron la pregunta públicamente, dijo que a pesar de sus investigaciones críticas apoyaba la existencia de Israel. Ahora, como resultado de la autocensura como de la censura, aun esa libertad de expresar ideas críticas y ese estrecho círculo de tolerancia se están achicando ante lo que se ve como un porvenir incierto.

Muchos observadores han señalado que ya no se ve el triunfalismo que caracterizó el 50º aniversario israelí hace una década. Los medios debaten los factores pertinentes: la incapacidad continua del ejército israelí de hacer que los palestinos de Cisjordania y Gaza hagan lo que se les diga, la invasión israelí fallida del Líbano en 2006, la expectativa de que tal vez Israel ya no pueda librar guerras contra otros países mesoorientales a un reducido costo en vidas israelíes, y el deterioro de los derechos israelíes a una superioridad moral, aun entre su propia población.

Por remota que parezca en las circunstancias de hoy, ¿cuál solución salvo un estado único, laico y plurinacional, es decir, el fin de Israel, podría representar los intereses de la gran mayoría de la población ahí? Se puede decir algo con certeza: la situación actual no es sostenible.

 

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