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íLibertad para los 1,5 millones de gazanos!

2 de junio de 2008

En septiembre, el gobierno israelí declaró formalmente que Gaza es un “territorio hostil”, y desde entonces muy pocas personas han podido salir de ahí, sin importar la razón. Antes, cada año viajaban a estudiar en otros países de mil a dos mil jóvenes palestinos. Ahora los estudiantes, aunque las universidades del extranjero ya los han aceptado y becado, tienen pocas esperanzas de ir, y ni hablar de la vasta mayoría para quienes viajar fuera del país simplemente es imposible.

Dos acontecimientos han puesto esa situación bajo la lupa. Primero está el anuncio del destacado profesor estadounidense David Mumford de que donará el dinero que recibió de un prestigioso premio israelí de matemáticas a una universidad de Cisjordania y a un grupo israelí que se opone a las restricciones de viaje impuestas a los palestinos. El segundo es la decisión del Departamento de Estado estadounidense de cancelar las becas Fulbright otorgadas a siete estudiantes de Gaza para estudiar en Estados Unidos. El gobierno israelí había prohibido que los estudiantes fueran y Washington tomó la decisión para que Tel Aviv no saliera mal parado. La coincidencia de esos dos acontecimientos fue inoportuna para los dos gobiernos. La postura moral y considerada de Mumford subrayó aún más la hipocresía y la inhumanidad de la superpotencia y su estado clientelar.

Mumford, de casi 71 años de edad, tiene renombre por sus contribuciones a la geometría algebraica y la teoría de visión y reconocimiento de formas, realizadas a lo largo de muchas décadas en la Universidad Harvard y luego una cátedra en la Universidad Brown. El Premio de la Fundación Wolf, uno de los más importantes de ese campo, se otorgó a tres matemáticos este año y es solo uno de los varios premios que Mumford ha recibido. Al hablar al periódico israelí Ha’aretz el 26 de mayo, mientras estaba en Tel Aviv para aceptar el premio de manos del presidente israelí Shimon Peres en el parlamento israelí (el Knesset), Mumford explicó su donación: “Decidí donar mi porción del premio Wolf para posibilitar la supervivencia y el florecimiento de la comunidad académica de Palestina ocupada. Estoy muy agradecido por haber recibido el premio, pero creo que los estudiantes palestinos deben tener la oportunidad de ir a otros países para recibir una educación. Los estudiantes de Cisjordania y Gaza hoy no tienen esa oportunidad”. Agregó: “Mis logros en el campo de matemáticas se hicieron posibles gracias a mi capacidad de trasladarme libremente e intercambiar ideas con otros académicos. No hubiera sido posible sin un consenso internacional acerca del intercambio de ideas”.

Hablando el mismo día a la agencia noticiosa Associated Press, dijo: “Creo firmemente que las matemáticas son un proyecto internacional, un campo que en realidad se ha desarrollado básicamente en todos los países. Es muy importante que todos tengan acceso a la educación superior, a la comunidad internacional que estudia matemáticas”.

Es una señal del tipo de mundo en que vivimos hoy que aun esos sentimientos pueden considerarse una traición y equivalentes al “terrorismo”. Es posible que, por su edad y su renombre, Mumford esté exento de las presiones que los sionistas y las autoridades estadounidenses han ejercido contra otros académicos, y muchos comentaristas israelíes compararon su caso con el de Norman Finkelstein, arrestado el 23 de mayo tras su llegada a Israel y detenido por 24 horas por Shin Bet (la policía de seguridad interna) hasta que otro detenido le ayudó a contactar a un abogado; lo deportaron y le prohibieron entrar en Israel por 10 años.

Los padres de Finkelstein, judíos polacos, sobrevivieron los campos de exterminio nazis. El año pasado, la Universidad DePaul obligó a Finkelstein a renunciar por haber escrito reseñas críticas de los libros de otros importantes académicos en que los acusó de tergiversar la historia documentada para defender la política y las acciones del gobierno israelí. El politólogo estadounidense de 55 años de edad se describe como simpatizante de “la solución de crear dos estados” y “no un enemigo de Israel”, pero agrega que, en su opinión, al buscar la verdad es “posible unir una rigurosa exactitud académica a una feroz indignación moral”. Sus investigaciones lo han llevado a calificar de “patraña” los supuestos hechos históricos que fundamentan las reivindicaciones sionistas a Palestina.

Esa clase de actitud represiva hacia el disentimiento académico está llegando a ser más flagrante en Israel y, por lo que se refiere a temas relacionados Israel, en países como Estados Unidos y Gran Bretaña. El año pasado Ilan Pappé —un historiador israelí muy conocido que ha investigado y sacado a la luz que mucho antes de la independencia de Israel, la dirección sionista ya tenía planes de expulsar a los palestinos mediante una deliberada campaña militar— tuvo que renunciar a su puesto como profesor de ciencias políticas en la Universidad de Haifa y dejar el país debido a las amenazas de muerte a su familia. Ahora da clases en Gran Bretaña.

Hace poco la University and College Union [Unión de Universidades y Colegios], la mayor organización profesional de académicos de Gran Bretaña, exhortó a sus colegas a considerar las implicaciones morales y políticas de tener enlaces educativos con instituciones israelíes y a hablar con sus colegas israelíes sobre “la catástrofe humanitaria que el gobierno de Israel ha impuesto en Gaza”. El año pasado, debido a amenazas jurídicas y la condena del gobierno británico, el grupo abandonó una convocatoria a un boicot contra Israel. Un grupo que se llama Amigos Académicos de Israel ha amenazado con entablar una demanda contra la Unión por violar las leyes británicas contra el racismo. El gobierno británico llamó la gestión más reciente de la Unión, que no llama para un boicot, una amenaza contra la “libertad académica”. Evidentemente para el gobierno británico, dicha libertad les pertenece solo a los sionistas, no a sus críticos y de ninguna manera a los palestinos.
La decisión de cancelar las becas Fulbright a los siete estudiantes de Gaza asombra aún más porque el Departamento de Estado ya les había entrevistado y los había aceptado para un programa suyo orientado explícitamente a beneficiar los intereses estadounidenses en política exterior. Su propósito es identificar y capacitar a los/las jóvenes que en el futuro puedan ejercer una influencia amiga a favor del imperio estadounidense. Cuando en medio del citado torbellino de sucesos se le cuestionó sobre eso a la secretaria de Estado Condoleezza Rice en una rueda de prensa, afirmó no saber nada de la decisión tomada por el mismísimo departamento que lidera.

Un miembro del parlamento israelí, el rabino Michael Melchior, presidente del comité de educación, era mucho más honesto que Rice. Al enterarse de la controversia sobre las becas Fulbright, comparó la política de Israel y Estados Unidos a la manera en que a los judíos “les negaron educación superior” los nazis e históricamente les restringieron el acceso a puestos académicos en universidades europeos y estadounidenses. Al momento de escribir este artículo, parece que el Departamento del Estado podría revocar su decisión.

Bir Zeit, la universidad cerca de la ciudad de Ramallah en Cisjordania a la cual Mumford donó parte de su premio, es parte del sistema universitario palestino de 11 universidades, cinco colegios universitarios y 25 colegios de comunidad. Sus estudiantes son laicos, musulmanes y cristianos. A pesar de las restricciones israelíes, los palestinos por lo general siguen manteniendo una de las tasas de alfabetización más altas del mundo.

Aunque Israel no declaró a Cisjordania “territorio enemigo” (a diferencia de Gaza) y no la sometió al mismo encarcelamiento total, mantiene 572 retenes, y frecuentemente prohíbe los cruces; por lo tanto los estudiantes suelen hacer cola durante horas para llegar a las universidades si es que alcanzan a llegar. La Network for Education and Academic Rights (Red por los Derechos Académicos y de Educación) del Reino Unido señala que las restricciones israelíes dificultan particularmente los estudios de las mujeres palestinas. También indica que la falta de fondos es tan dramática que la Universidad Al-Quds en Jerusalén, con 6.000 estudiantes, solo cuenta con mil libros en la biblioteca.

El gobierno israelí siempre ha obstaculizado que los gazanos estudien en Cisjordania, a fin de mantener desligados los dos territorios palestinos —separados por solamente 40 km— y ha dejado que sea un poco más fácil estudiar en el extranjero. Ahora ha quitado toda oportunidad. La organización israelí Gisha, el otro destinatario del premio de Mumford, cuenta de los 710 alumnos universitarios de Gaza que no pueden ir a sus escuelas en el exterior donde estaban matriculados o admitidos en octubre del año pasado. Tampoco se permite entrar en Gaza a conferencistas o especialistas extranjeros.

Aunque hay media docena de universidades y colegios en Gaza, todos se cerraron en abril por falta de electricidad cuando Israel la recortó. De por sí no podían ofrecer carreras en muchos campos importantes incluso al nivel de licenciatura, mucho menos el posgrado. El aislamiento de académicos y profesionales gazanos de sus colegas en otras partes afecta necesariamente la calidad de la educación. Es particularmente cruel la imposibilidad de estudiar las varias disciplinas de medicina porque el aislamiento mantiene a los gazanos dependientes de los servicios médicos israelíes que muchas veces se les niegan.

Israel asegura que hace excepciones para “casos humanitarios” pero que no considera la educación una necesidad “humanitaria”.

La verdad es que la política israelí es no tratar al palestino como ser humano. Dejando de lado el que los palestinos tengan el derecho a la educación superior y enfocándose solo en la cuestión indiscutiblemente “humanitaria” del tratamiento médico, Israel está literalmente matando a palestinos. Claro, lo hace de manera directa al disparar misiles y balazos a civiles casi a diario (el ejército israelí abrió fuego contra una manifestación de miles de personas identificadas como partidarios de Hamás en Gaza el 30 de mayo e hirió a por lo menos seis). Pero también lo hace al negarles servicios médicos, lo que equivale a seleccionar a los más débiles para la muerte.

Ha’artez, otras fuentes noticiosas israelíes y la prensa palestina han publicado muchos relatos de los palestinos que han muerto esperando el permiso para salir de Gaza para tratamiento. El 20 de mayo, un paciente palestino de cáncer de 22 años y 11 otros habitantes con graves males presentaron una petición a la Corte Superior de Israel por la negativa de las fuerzas armadas a permitirlos salir. En una declaración jurada que presentó Israeli Physicians for Human Rights (Médicos Israelíes en Defensa de Derechos Humanos), el joven, Ahmed al-Baghdadi, afirmó que los Servicios de Seguridad General Israelíes le dijeron que solo tendría esperanzas de recibir tratamiento médico si se volviera informante. A otros pacientes les dan permiso escrito de salir pero los rechazan al llegar a la frontera, incluso en ambulancia. Un doctor que representa el grupo de médicos israelíes calificó esta práctica de “tortura”. También en ocasiones es asesinato. A principios de abril, la Organización Mundial de Salud informó que 32 palestinos habían muerto mientras esperaban un permiso de salir o porque nos les habían permitido cruzar la frontera a pesar de tener el permiso.

La cuestión de los estudiantes, al igual que la del tratamiento médico, es solo una dimensión más de las políticas israelíes que han convertido a Gaza, con sus 1.5 millones de habitantes hacinados en 360 km cuadrados, en el campo de prisioneros al aire libre más grande del mundo.

 

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