Las buenas noticias desde Túnez
17 de enero de 2011. Servicio Noticioso Un Mundo Que Ganar.

En un mundo sumamente urgido de buenas noticias y un Medio Oriente en el que parecía haber cada vez más oscuridad, ha despuntado un rayo de luz en Túnez.

En vez de aceptar ser oprimidas y serviles, las masas populares tomaron la iniciativa y derribaron a un odiado jefe de Estado que durante mucho tiempo había administrado el país en beneficio de Francia, las otras potencias europeas y EEUU, un hombre que fue respaldado por todos ellos hasta el final. Aunque los eventos de Túnez no son como por ejemplo los de Irak y Afganistán, donde EEUU ha sufrido graves reveses militares, éste es un movimiento donde los reaccionarios no tienen hegemonía, al menos hasta ahora.

Esto es raro en el mundo actual en el que los imperialistas y los reaccionarios islámicos con mucha frecuencia monopolizan la escena política. Estos acontecimientos han traído la esperanza no sólo a los tunecinos, sino a otros millones de personas hartas del insoportable status quo que agobia a la región y al mundo.

Por esta razón los tunecinos enfrentan una situación muy difícil, mientras los que mantienen el actual orden mundial y sus actuales y posiblemente futuros secuaces tunecinos maniobran con sus aliados para meter al genio —el pueblo— de nuevo en la botella.

En menos de un mes los acontecimientos se movieron a un ritmo tan vertiginoso que cada día produjo situaciones nuevas e inesperadas. El tapón de la botella comenzó a aflojarse el pasado 17 de diciembre en la pequeña ciudad de Sidi Bouzid. La policía confiscó las frutas y verduras que Mohamed Bouazizi, un graduado universitario desempleado de 26 años de edad, vendía en la calle. Cuando sus esfuerzos para protestar por las vías legales no fueron escuchados, se inmoló prendiéndose fuego frente a las oficinas locales del gobierno. Las fuerzas de seguridad atacaron una manifestación de estudiantes de la localidad que culparon al régimen por la muerte del joven.

Esto resonó profundamente en una sociedad en la que las universidades han estado produciendo un gran número de graduados que rara vez encuentran un lugar en una economía subordinada a la inversión extranjera, particularmente al turismo y a las industrias de la confección y el calzado para exportación caracterizadas por pagar bajos salarios. Al principio, el movimiento de protesta fue más fuerte en los pueblos de las marginadas regiones central y occidental del país. A fines de diciembre miles de personas en la capital y otras ciudades costeras se manifestaron en apoyo a los jóvenes de Sidi Bouzid. De la exigencia de empleos rápidamente se pasó a un movimiento para derrocar al régimen.

El movimiento atrajo a las clases educadas: el 6 de enero una huelga del 95 por ciento de los abogados del país y una manifestación de cientos de ellos en frente del palacio de gobierno en Túnez, le dio un nuevo impulso. Pero también involucró a buena parte de la sociedad tunecina, incluyendo diversas clases, con poca diferenciación política. En enero, especialmente durante la segunda semana, las protestas se tornaron más antagónicas. Los manifestantes levantaron barricadas y contraatacaron a las fuerzas de seguridad. En el suburbio obrero de Ettadhamen-Mnihla, en ciudad de Túnez, la gente atacó los edificios gubernamentales. Su consigna, “No tenemos miedo, no tenemos miedo, sólo tememos a dios”, reveló tanto una nueva atmósfera de intrepidez y determinación, como la persistencia del pensamiento tradicional. Por primera vez fue desplegado el ejército en varias ciudades. Varias decenas de personas murieron en enfrentamientos con la policía en los días siguientes.

Luego de primero rechazar a la multitud como “terroristas”, el Presidente Zine el Abidine Ben Ali comenzó a tratar de salvar su régimen ofreciéndoles concesiones. Visitó en el hospital al moribundo joven que se había inmolado. El 12 de enero, botó al Ministro del Interior, alegando que las órdenes de disparar contra la gente en el funeral de Bouazizi y contra otros manifestantes se habían dado a sus espaldas. Al día siguiente prometió que no sería nuevamente candidato en las elecciones de 2014. Pero lo único que pasó fue que las protestas se volvieron más desafiantes. El 14 de enero huyó, supuestamente después de que el Jefe del Estado Mayor del Ejército le aconsejara —o le dijera— que se fuera.

Como último acto, Ben Ali anunció que un viejo esbirro fiel, su primer ministro Mohamed Ghannouchi, lo reemplazaría como jefe de Estado. Esto era inaceptable para los manifestantes. En un intento desesperado por cubrir al nuevo gobierno con el manto del imperio de la ley, los tribunales declararon que el presidente del Parlamento, el secuaz de Ben Ali, Fuad Mebazaa, debería convertirse en jefe de Estado, según la Constitución que Ben Ali había instaurado. Mebazaa dio un viraje y convirtió en ex primer ministro al nuevo primer ministro.

Como están las cosas, la situación es complicada. La policía y las milicias armadas, que constituían la pandilla personal de Ben Ali, han estado utilizando sus armas para cobrar su leal servicio mediante saqueos. Su acción de retaguardia, incluyendo disparos de francotiradores contra la multitud, ha tenido un efecto político (tal vez intencional). Esto incitó una exigencia popular de orden —aparecieron comités barriales de auto-protección— y ayudó a dividir a los que quieren la estabilidad ahora, de los que todavía están insatisfechos.

Según se dice, Ben Ali había reclutado a los miembros de la milicia entre los delincuentes de poca monta, y los policías en el mejor de los casos son matones extorsionistas, además de su papel como la principal fuerza que impone la represión y la tortura. El ejército ha detenido al ex Ministro del Interior y jefe de seguridad de Ben Alí, acusándolo de fomentar la violencia para prolongar la inestabilidad política.

Al mismo tiempo, también el ejército está tratando de hacer que las masas se replieguen. A pesar de que las unidades de las fuerzas armadas se retiraron pronto de las calles, justo antes de la abdicación y la huida de Ben Ali, al parecer porque no querían usar sus tanques y tanquetas contra la multitud, han regresado en bloque. El 17 de enero se dio el anuncio de un “gobierno de unidad” en el que las seis carteras clave se entregaron a avezados miembros del partido gobernante y otros tres altos cargos ministeriales fueron entregados a los partidos que hacían parte de la oposición legal durante el gobierno de Ben Ali. Varios miles de personas, incluyendo muchos sindicalistas, se congregaron frente al Ministerio del Interior a corear que este nuevo gobierno no cumplía con las aspiraciones de la gente. Fueron atacados con garrotes, cañones de agua, gases lacrimógenos y disparos de advertencia.

Descontento en las capitales occidentales

Esta explosión de júbilo del pueblo tunecino ha llevado descontento y profunda preocupación a los gobiernos occidentales. En ninguna parte es esto más cierto que en Francia, donde el presidente Nicolás Sarkozy convocó a una reunión de emergencia de su gabinete para planificar qué hacer tras la caída de Ben Ali.

Como han detallado sobradamente el periódico Le Monde y otros medios de comunicación, Francia apoyó a Ben Ali hasta el amargo final. (Véase la página de Facebook “El muro de la infamia Ben Ali” —se dice que más de un tercio de los 10 millones de tunecinos tienen acceso a Facebook y Twitter). Al comienzo de su presidencia, en 2008, Sarkozy cortejó al tirano tunecino con una superdelegación compuesta por la señora Sarkozy y siete ministros. El jefe del FMI, Dominique Strauss-Kahn, quien espera ser el próximo candidato presidencial del Partido Socialista de oposición, estuvo de visita para promocionar la economía de Túnez como un “modelo para los países emergentes”. Varios ministros del gobierno francés hicieron declaraciones de apoyo a Ben Ali durante sus últimos días.

El día antes de que Ben Ali huyera, la Ministra del Interior de Sarkozy, Michéle Alliot-Marie, se ofreció a enviar a la policía francesa para “compartir la experticia francesa” y entrenar a sus homólogos tunecinos en el manejo de “situaciones de seguridad”. Aunque en su declaración para consumo del público francés añadió que la policía debía preservar el orden y respetar los derechos democráticos, la versión oficial de su declaración omitió esta segunda frase, probablemente porque podría envalentonar a los opositores de Ben Ali. En Túnez, la gente comentó que lo último que necesitaban en la lucha contra un “estado policial” era a la policía francesa.

Al parecer, cuando el avión privado del fugitivo presidente se acercó a París, Sarkozy dio órdenes de que no se le permitiera aterrizar. A los miembros de la familia de Ben Ali, que lo habían estado esperando en un lujoso hotel en el parque de atracciones Euro Disney, se les pidió marcharse. Finalmente, fue Arabia Saudita la que le dio refugio a Ben Ali, probablemente para gran alivio de Francia. Un líder del fascista Frente Nacional criticó duramente a Sarkozy por haber traicionado a un gran amigo personal y a un amigo de Francia.

Se podría decir que el acuerdo básico que mantuvo a Ben Ali en el poder por tanto tiempo fue que Francia le permitió enriquecerse de manera escandalosa a él y en particular a la familia de su esposa, siempre y cuando ejerciera eficientemente su papel como administrador de esa empresa francesa que ha sido Túnez —no muy diferente de un banco u otra gran corporación. Protegiendo al hombre de Francia, Sarkozy prosiguió la política de todos los presidentes franceses de derecha e izquierda que lo precedieron.

Los vínculos de Túnez con Francia no son sólo financieros. De hecho otras potencias europeas (especialmente Italia) y EEUU también se han beneficiado de la esclavitud de Túnez al mercado mundial y del auge económico bajo Ben Ali. Pero también hay lazos políticos y culturales que han vuelto a Túnez muy doblegable ante París y por tanto importante para los empeños regionales y globales de Francia.

Francia hizo de Túnez un “protectorado” al invadirla en 1881 y gobernarla directamente hasta 1957. Pero a diferencia de Argelia, por ejemplo, a la que los gobernantes capitalistas de Francia consideraban parte integral de su país, de modo que tuvieron que ganar su independencia mediante una larga y muy reñida guerra, Túnez llegó a ser formalmente independiente sin una lucha violenta (no desligada de la guerra que se daba en aquel entonces en la mucho más grande Argelia), y se convirtió rápidamente en una neocolonia. Su primer presidente, Habib Bourguiba, también fue un cercano “amigo de Francia” desde la independencia hasta 1987, cuando el senil anciano fue derrocado por su jefe de seguridad, el jefe militar Ben Ali.

EEUU no veía a Ben Ali como su hombre a la manera en que lo hizo Francia, pero Washington no se quedó atrás en apoyarlo. Los “Tunileaks” (cables para el Departamento de Estado de EEUU desde la embajada norteamericana en Túnez, filtrados por WikiLeaks) son muy reveladores al respecto. Un informe del embajador estadounidense comunicado mediante una serie de cables detalla el grado casi surrealista en el que la familia de Ben Ali utilizaba su poder para acumular riqueza personal, al punto de que el “50 por ciento de la élite económica” son miembros de su familia y en mayor medida de la de su esposa. Esto es visto como algo que hace al régimen más frágil de lo que sería con una clase dominante con una base más amplia. Sin embargo, las principales quejas del embajador se centran en la falta de apoyo de Ben Ali a las iniciativas estadounidenses que podrían atenuar los lazos de Túnez con Francia, en particular en los ámbitos educativo y cultural.

Los cables plantean que si bien Túnez es pequeño y sin mucha influencia en la región, es particularmente útil a EEUU en términos de sus lazos informales con Israel y su negativa a apoyar a los palestinos, incluso en las puramente retóricas e hipócritas formas apreciadas por algunos otros regímenes árabes. El embajador también expresó su aprecio por las costumbres occidentalizadas del régimen (como la adopción del derecho de familia francés, incluida la prohibición de la poligamia) y de su palpable éxito en el estrangulamiento del fundamentalismo islámico. Por estas razones, sin dejar de expresar preocupación por las que son vistas como falencias propias del régimen, un cable posterior aconseja al Departamento de Estado de EEUU “parar la crítica pública” y continuar los esfuerzos por fortalecer la influencia de EEUU en el país en el contexto de apoyar a Ben Ali.

Pero la Secretaria de Estado de EEUU, Hillary Clinton, tuvo la muy buena suerte de dar un discurso, el día antes de que cayera Ben Ali, pidiendo a los gobiernos árabes reformarse, y el presidente Barack Obama fue el primer jefe de Estado en saludar los acontecimientos. Con el pretexto de “promover la democracia”, EEUU probablemente buscará aumentar su influencia en Túnez y el mundo árabe en el curso de la actual crisis política.

Sin embargo, en lo que están unidos EEUU, Francia y todas las grandes potencias es contra las sublevaciones en el Medio Oriente. Túnez no tiene el valor estratégico para EEUU que otros “amigos” como Egipto, Argelia y Jordania, como señalaban los cables diplomáticos, pero lo que ha estallado allí no plantea peligros para los regímenes que son cruciales para mantener el control regional por parte de EEUU. No es casual que el centro del discurso de Clinton fue la necesidad de fortalecer los regímenes árabes bajo la tutela de Estados Unidos con el fin de aislar a la República Islámica de Irán.

Los aspectos positivos y los peligros de la situación actual

Lo mejor de los acontecimientos en Túnez es que esta vez el mismo pueblo ha intervenido y se ha convertido en la fuerza motriz de los acontecimientos. Como señalara una reaccionaria comentarista de Washington, si bien los intereses de EEUU y de Occidente no están necesariamente amenazados por la caída de Ben Ali como tal, esos intereses podrían estar en peligro por el hecho de que él ha sido derrocado gracias a un levantamiento popular y no se ha permitido desarrollar el tipo de transición calmada que caracterizó el final de los regímenes fascistas en el Chile de Pinochet y en la España de Franco. (Anne Applebaum, Washington Post, 17 de enero de 2011)

Muchos comentaristas han dicho que la ausencia de un fuerte movimiento islámico es una razón por la que Occidente no está más preocupado por lo que está pasando allí y no ha tratado de intervenir más directamente. En realidad, hasta ahora no ha habido muchas oportunidades o medios para que Occidente lo haga. Pero también es cierto que es algo muy bueno que, al menos hasta ahora, este levantamiento ha podido tomar distancia de la fatal dinámica que en otros países ha mantenido los términos de la lucha limitados o a capitular ante el imperialismo o a aceptar un reaccionario movimiento fundamentalista islámico que no rompe en realidad con el sistema imperialista, aun cuando altere el orden imperialista.

Los comentaristas han comparado los acontecimientos de Túnez con la caída del Sha de Irán en 1979. El proceso revolucionario allí tenía la ventaja de un período mucho más prolongado de agitación y lucha políticas antes de que fuera abortado por la instalación de la odiada República Islámica de hoy. Cuando EEUU y el Reino Unido ya no pudieron mantener al Sha en el poder, decidieron que un régimen islámico en Irán sería preferible a las alternativas inciertas y tal vez revolucionarias, aunque probablemente luego se arrepintieran. En el caso de Túnez, no es imposible que EEUU sintetizara esas lecciones y decidiera desconectarse de Ben Ali antes de que la situación se hiciera aún más incontrolable.

Analizando explícitamente la situación tunecina desde el punto de vista de cómo defender los intereses de EEUU, el académico Steven A. Cook escribió para el sitio Web del Consejo de Relaciones Exteriores de EEUU: “La cuestión no es si los líderes militares [tunecinos] son o no demócratas; por el contrario, su preocupación parece ser que la corrupción, los sobornos y las prácticas de uno de los peores estados policiales en el Medio Oriente mostraron ser una amenaza a la cohesión y la estabilidad sociales”. Cook deliberadamente pasa por alto el hecho de que los regímenes dependientes de Estados Unidos en la región como Egipto han matado y torturado a muchas más personas que en Túnez. Probablemente quiere decir que Ben Ali gobierna uno de los estados de mayor éxito en la región en términos de su capacidad para sofocar casi por completo a la oposición durante 27 años —hasta hace un mes, cuando estas “prácticas” ya no funcionaron. Sin embargo, su caracterización del papel de los militares tunecinos es precisa y a la vez expresa el punto de vista del imperialismo estadounidense.

Si bien varios clanes se han disputado el botín, el ejército tunecino siempre ha sido y sigue siendo la columna vertebral de un estado comprador (dependiente del imperialismo) y el garante en últimas de todo el orden económico, social e ideológico dominado por el imperialismo. De hecho, dada la situación geopolítica del país, difícilmente tiene otra razón de existir. Si el ejército abandonó a Ben Ali y ha tratado de distanciarse de sus torturadores y carceleros, tanto mejor para desempeñar ese papel. Por ello, uno de los cables estadounidense filtrado por Wikileaks subraya la importancia del apoyo estadounidense a la “neutralidad” del ejército tunecino ante las disputas en el seno de la “élite económica”.

Es imposible predecir qué concesiones a las peticiones populares pueden sentirse obligados a conceder los militares detrás del gobierno de turno de Túnez, y en qué grado tales concesiones pueden lograr —o no—sofocar la ira del pueblo. Es muy posible que tengan que permitir mayor espacio para el debate político y que se exprese la voluntad popular más de lo que normalmente lo hace. Pero es completamente seguro que las fuerzas armadas tunecinas y los imperialistas se centrarán en preservar el poder estatal existente. Los medios de comunicación están ahora argumentando que ésta es la primera revolución árabe. Una razón por la cual eso es erróneo es que hasta ahora esto no ha sido una revolución, estrictamente hablando, en el sentido de producir un cambio fundamental en las relaciones sociales, políticas y económicas, o incluso un completo cambio del régimen. Pero deben sacarse lecciones de los primeros levantamientos que derrocaron a las monarquías feudales (Egipto y Sudán, Irak) y a las repúblicas neocoloniales (Siria). Por ejemplo, si bien EEUU estaba en ciertos momentos un tanto a favor del nacionalismo de Gamal Nasser en Egipto, en términos de desafiar la dominación británica y francesa del Medio Oriente, el objetivo de Estados Unidos era hacer de Egipto una neocolonia norteamericana. Del mismo modo, si bien los golpes militares en Siria e Irak, con su parafernalia nacionalista, crearon problemas para algunas potencias occidentales, ninguno de estos países experimentó alguna liberación.

También está el ejemplo de la vecina Argelia en la década de 1990, donde EEUU y Occidente respaldaron en un primer momento la reforma política con el fin de lograr un régimen comprador estable y de base más amplia, y luego retiraron el respaldo cuando se hizo evidente que los elementos islámicos iban a ganar las elecciones. Esto ayudó a provocar diez años de luchas sangrientas y completamente reaccionarias, en las que tanto el régimen como los fundamentalistas asesinaron salvajemente a miles de personas y ambos bandos tuvieron como blanco específico a los intelectuales. El hecho de que muchos argelinos se sintieran atrapados y amenazados de muerte tanto por el régimen comprador como por sus opositores fanáticos religiosos jugó un papel importante en poner un freno a las luchas populares que habían sacudido Argelia en la década de 1980. De hecho, esta experiencia tuvo una gran influencia en que se creara un estado de depresión política en el mundo árabe.

Los medios de comunicación también se han deleitado lanzando el término “Revolución de los jazmines”, con la esperanza de que el levantamiento tunecino tome el camino de las no-violentas (por parte del pueblo) y totalmente no-revolucionarias “revoluciones de colores” de los países del antiguo bloque soviético, más recientemente en Ucrania, que no han traído para el pueblo más que decepción, desilusión y una nueva caída en la pasividad. Esa es una posibilidad, y es la que quienes mantienen este orden mundial harán todo lo posible por imponer, pero no es la única ahora.

El pueblo tunecino tiene todas las razones para estar feliz y orgulloso, pero es inútil pretender que no enfrentan obstáculos formidables. Los imperialistas y una diversa gama de reaccionarios menores van a interactuar con el movimiento popular de maneras complejas y quizás impredecibles, buscando cerrar de un portazo la puerta que el pueblo ha abierto mediante su lucha y sacrificio.

Está lejos de ser cierto, pero hay razones objetivas para esperar que los enemigos del pueblo tunecino no puedan consolidar su control por un tiempo, y que esta situación continuará para inspirar y estimular a otras personas y para limitar los esfuerzos regionales de los reaccionarios, en especial si el movimiento que provocó la caída de Ben Ali se desarrolla de una manera que exprese los intereses independientes y revolucionarios del pueblo en contra de los imperialistas y su sistema. El mundo requiere más puertas abiertas como la que el pueblo tunecino nos ha dado, y necesita abrirse paso hacia el otro lado.

 

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