París: Miles desafían una prohibición y la violencia policial para apoyar a Palestina

Al iniciar la tercera semana de la masacre israelí en Gaza, muchas ciudades por todo el mundo presenciaron marchas y manifestaciones en solidaridad con el pueblo palestino. En Francia, en cerca de 15 ciudades también hubo protestas el 19 de julio contra los ataques israelíes. Pero el gobierno francés prohibió la marcha planeada en París ese día, amenazando con arrestar y condenar a 6 meses de prisión a cualquiera que se presentara en el punto de encuentro en el bulevar Barbès, la principal área comercial en los barrios al norte de París con gran población de árabes y africanos.

Los bloqueos de la policía no pudieron impedirles llegar a miles de jóvenes y otros. El cerco y luego el brutal ataque contra lo que había sido una manifestación principalmente no violenta solo logró fragmentar la multitud hacia las sinuosas calles laterales de un barrio que en su mayoría brindó apoyo, en donde pidieron evadir y algunas veces combatir a la policía por varias horas. Otros jóvenes se les unieron.

El pretexto para la prohibición fueron las refriegas cerca de dos sinagogas al final de otra marcha pro-palestina la semana anterior. Tras no poder impedir la protesta el 19 de julio, las autoridades y sus voceros en los medios trataron de cercar y aislar políticamente a los jóvenes que los habían desafiado etiquetándolos como “un tumulto antisemita”, palabras que repitió la BBC.

Esta mentira no fue, como mucha gente piensa, un intento de agradar a los votantes judíos, ni siquiera tiene que ver simplemente con la complicidad de Francia con Israel. Contrario a las consignas populares, el presidente francés François Hollande no es “cómplice de Israel”. Francia es una potencia imperialista que busca hoy consolidar y expandir sus áreas históricas de influencia de manera sumamente activa, incluyendo el envío de tropas a las antiguas colonias en África donde el islam está ampliamente extendido. Sobre todo su reciente giro hacia una política más abiertamente pro-Israel tiene que ver con los propios intereses y aspiraciones rapaces de Francia en el mundo árabe.

Esta mentira, por el contrario, refleja el dilema de un Estado preocupado por la forma en que el odio por sus crímenes y los de sus aliados en el exterior está afectando a los más oprimidos y explotados en la misma Francia, especialmente a los inmigrantes y sus hijos, quienes, procedentes de las colonias históricas y la esfera de influencia de Francia, son en buena parte de origen musulmán.

A esto es a lo que se refería el presidente François Hollande cuando, al defender la prohibición, advirtió: “No se puede importar el conflicto palestino-israelí”. Este también es el significado que hay detrás de la declaración del primer ministro Manuel Valls justificando la prohibición como una medida contra lo que él llamó un antisemitismo que “se está expandiendo por internet, en las redes sociales, en nuestras zonas obreras, entre la gente joven que por lo general no sabe hacia dónde va, que no tiene conciencia de la historia, que esconde su odio contra los judíos detrás de la máscara del antisionismo y detrás del odio al Estado de Israel”.

Por mucho tiempo en Francia, al igual que en muchos países incluyendo gran parte del mundo árabe, los esfuerzos de reunir gente en respaldo a los palestinos no han tenido mucho éxito, reflejando así que entre los palestinos y otros árabes en este país (y a nivel global), y en general entre la gente en Francia, han decaído las esperanzas en un cambio radical. Pero durante las dos últimas semanas, noche tras noche de noticias televisivas mostrando cómo los explosivos israelíes matan niños en Gaza, una vez más sacaron a la gente a las calles en crecientes cantidades, creando una situación preocupante para el gobierno francés.

Francia tiene un establecimiento político bien aceitado en el que los partidos reformistas frecuentemente pueden dirigir la indignación popular hacia los canales aceptables. Algunos tipos de grandes manifestaciones contra la masacre en Gaza han sido y probablemente serán permitidos, pero los planes de esta protesta en Barbès amenazaban ser lo que el gobierno considera inaceptable y éste terminó tratando de aplastar una gran e incontrolable concentración de jóvenes de origen inmigrante y de viviendas públicas, algunos estudiantes de secundaria y universitarios, jóvenes profesionales, así como trabajadores con bajos salarios y desempleados —y al menos la misma cantidad jóvenes mujeres que de hombres.

Algunas personas que rara vez o nunca habían hecho parte de ningún tipo de manifestación política consideraron que esta vez tenían que estar allí porque sienten una conexión entre su opresión y la opresión de los palestinos. Las mismas acciones del gobierno francés llevaron a que esto sucediera. La prohibición y la amenaza de ataques brutales a la manifestación ayudaron a convertir una consigna antes coreada casi rutinariamente en las manifestaciones, en una descripción precisa, pero poética, de la forma en que mucha gente se sentía por su propia situación y lo que querían hacer al respecto: “Todos somos palestinos”, en cierto sentido librando la misma lucha contra los mismos enemigos.

Si bien hay mucho antisemitismo en Francia, incluso en jóvenes de todas las nacionalidades, y los judíos los negocios y sinagogas de los judíos a veces son un blanco, esta manifestación no tenía que ver con eso. Su bandera era la bandera de Palestina, una nación oprimida, y su blanco era Israel y el gobierno francés. Era “antisemita” solo para los que, como el primer ministro francés, argumentan que no hay una razón política legítima para oponerse a lo que Israel está haciéndoles a los palestinos. No era como las masivas manifestaciones fundamentalistas católicas, homofóbicas, orgullosamente patriarcales y por lo general anti-republica (tanto en la forma de fascismo como de monarquismo) —y, por cierto, antisemitas— que el presidente “socialista” de la república francesa ha encontrado mucho menos perturbadoras que las de estos jóvenes buscando justicia.

Si la mayoría de los participantes en esta prohibida protesta eran de origen islámico, seguramente no fue porque se excluyera a otros —todo el que llegara era bienvenido. Fue la Liga de Defensa Judía (en su página web) y no los pro-palestinos quienes amenazaron violentamente a los pequeños grupos de esta marcha que cargaban pancartas que decían “Judíos por la justicia en Palestina“. El problema no es que alguna gente sienta una conexión especial con Palestina sino que no es suficiente la gente que reconoce lo justo de la causa Palestina, por lo menos no lo suficiente para arriesgar lo que esos jóvenes arriesgaron.

Pero el Islam está ejerciendo una creciente atracción entre ellos, y un factor en eso son las políticas y la propaganda del mismo Estado francés.

Es diciente que algunos comentaristas reaccionarios se refieran a la rebelión de los jóvenes de los guetos de Francia en 2005 como una “intifada francesa” y sus llamados al gobierno francés a tratar a la segunda y tercera generación de jóvenes inmigrantes de la misma forma que Israel trata a los palestinos, como un elemento ajeno, que hay que separar con un muro y del que hay que deshacerse. Sin embargo en esa rebelión la religión no jugó el papel que juega hoy entre los jóvenes inmigrantes.

A pesar del carácter abrumadoramente laico de la protesta del 19 de julio, cuando alguna gente empezó a corear “Allahu Akbar” (Dios es grande) esta consigna fue acogida ampliamente. Unas pocas personas cargaban banderas turcas para asociar el respaldo a Palestina con el reaccionario partido islamista gobernante en ese país. Y, al igual que los islamistas, los vergonzosamente pocos autoproclamados izquierdistas que participaron no tenían nada más que ofrecer que ponerse a la cola de Hamás, una organización que nació y todavía vive por la meta de un régimen religioso y no por la liberación de pueblo alguno.

Algunas estudiantes universitarias salafistas proclamaban: “Estamos aquí para decirle a Palestina que nos hemos despertado gracias a ellos”. Frente a los acontecimientos de las últimas semanas, muchísima gente sigue aún dormida. Pero hundirlos en la religión no es despertarlos.

El hecho de que esas jóvenes mujeres y muchos otros jóvenes hayan adoptado el fundamentalismo islámico significa que han rechazado la opresión de Francia y algunos aspectos de la mentalidad de esclavo francesa solo para esclavizarse bajo otra concepción del mundo opresiva, la de la religión. Su esperanza en que el islam ofrece una solución es una ilusión.

Incluso antes de que existiera Israel el gobierno francés trató de proyectar su misión colonial como una lucha por civilizar a las poblaciones islámicas. Pero la denigración a las poblaciones islámicas como un arma en manos de la imperialista clase dominante francesa en sus maniobras en el extranjero y en el país es solo un lado de la cuestión. El otro lado es lo que se requerirá para que mucha más gente despierte de considerar que tienen que escoger entre la república imperialista y “la comunidad de fieles” islámica cuyas promesas no son menos mentira. 

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