¿Son los humanos "asesinos por naturaleza"? Si se cree eso, ellos tienen una guerra que quieren venderle
Boletín - 29 de septiembre de 2014

Probablemente haya visto los titulares: “Los chimpancés y los humanos son ‘asesinos por naturaleza’ con una tendencia casi psicopática hacia la violencia y el asesinato” (The Independent, 17 de septiembre). “Asesinos por naturaleza: los chimpancés son violentos en esencia y libran guerras como sus ‘primos’ humanos, afirman los estudios” (Daily Mail, 17 de septiembre). “Los chimpancés y los humanos tienen un rasgo en común —ambos son asesinos por naturaleza, han demostrado los científicos” (USA Today).

Estos artículos de periódico fueron incitados por la publicación de un meta-estudio (una síntesis de investigaciones anteriores) en la prestigiosa revista científica Nature titulado “La agresión letal en el género Pan se explica mejor por estrategias adaptativas que por la influencia humanos” escrito por 30 científicos que analizaron los informes de todos los asesinatos conocidos realizados por chimpancés, 158 asesinatos en 18 comunidades de chimpancés durante 50 años en el oriente, el occidente y el centro de África.

Este meta-estudio, llamado Wilson et al. por su autor principal (y otros), se limita al comportamiento de los chimpancés y no presenta ninguna evidencia acerca del comportamiento humano. Sin embargo, varios de sus autores y los medios se salieron del marco de los datos que se analizaron para evaluar otra cuestión, la afirmación de que los chimpancés pueden “ser un modelo para comprender la violencia humana” como explicó Michael Wilson en una entrevista posterior a la publicación. Su autor sénior, Richard Wrangham, una vez escribió que “la violencia de los chimpancés precedió y allanó el camino para la guerra humana”.

Esta es una cuestión muy importante y apasionadamente debatida entre científicos de muchos campos y en la sociedad en general. Los defensores de la idea de que una tendencia hacia la agresión e incluso hacia la guerra está genéticamente arraigada en los seres humanos por lo general argumentan que es una adaptación, un rasgo que les da a los organismos una ventaja en un ambiente dado, y que nos transmitieron nuestros distantes ancestros primates. Buscan evidencia en el comportamiento de otros primates modernos como los gorilas y los babuinos, y recientemente en nuestros primos genéticamente más cercanos, los chimpancés, cuya estructura genética es más cercana a la nuestra que la de otros simios.

Pero el verdadero tema de Wilson et al., los datos que analizó revisando informes de trabajo de campo, no era si el comportamiento social de los humanos o inclusive de los chimpancés se podía explicar o no por la genética, sino bajo qué circunstancias los chimpancés se matan entre sí. Fue diseñado para responder la cuestión de si la violencia entre grupos de chimpancés es ocasionada por la intervención humana en su ambiente, de manera que actúan en una forma en que no lo harían en ausencia de intervención humana, en lo que podría llamarse sin mucho rigor su estado natural, como han concluido algunos investigadores.

Por ejemplo, la primatologísta pionera Jane Goodall sugirió que en sus propias actividades al darle bananos a los chimpancés que estudiaba para alentarlos a quedarse se generaba una concentración inusual de chimpancés machos y provocaba tipos de comportamientos antes no vistos. Esta idea del impacto humano ha sido una línea de argumentación contra las afirmaciones de un comportamiento genéticamente determinado en otros primates, y mucho menos en los humanos.

Wilson et al., concluyó que los chimpancés matan dentro de sus propias comunidades y más a menudo chimpancés de otras comunidades independientemente de la presencia humana. El artículo realmente no aborda la cuestión del por qué. Su sinopsis prudentemente afirma que “nuestros resultados son compatibles con explicaciones adaptativas propuestas anteriormente sobre el asesinato de chimpancés, mientras que no se aboga por la hipótesis del impacto humano”. Si bien proporciona evidencia para el debate sobre genética y comportamiento, no demuestra que los chimpancés están genéticamente predispuestos hacia la violencia, sino que simplemente a veces son violentos.

El comportamiento de los chimpancés no es invariable. Puede cambiar de manera notoria bajo diferentes circunstancias. Son capaces de aprender y enseñarse entre sí, con un nivel incipiente de cultura. No todo lo que hacen necesariamente está programado en sus genes, aunque su genética pone el marco de lo que es posible. Puede haber “explicaciones adaptativas” sociales y genéticas, que son dos cosas muy diferentes.

Además, ¿qué muestran exactamente las estadísticas sobre los incidentes violentos que analizaron? En su blog en la revista Scientific American, John Horgan argumenta que si se excluyen los asesinatos de chimpancés infantes dentro de un grupo particular, acciones individuales que tienen poca analogía en la sociedad humana, la cantidad de asesinatos observados directamente o inferidos (cuerpos encontrados con mordeduras, etc.) es baja. Hay casos bien conocidos en los que los chimpancés de un grupo han asesinado chimpancés de otro, por lo general en agresiones colectivas ya que se necesitan varios chimpancés adultos para matar a otro. Pero este comportamiento que a menudo se cita como un precursor de la guerra humana es relativamente inusual. Utilizando los casos enumerados en el artículo de Nature, Horgan calcula un promedio de un asesinato cada 15 años por comunidad. Pero inclusive Horgan no menciona lo mucho que esta violencia parece variar de una comunidad a otra y en diferentes momentos, un dato importante porque indica la compleja relación entre la conformación biológica de los chimpancés y su ambiente físico y social.

Horgan también plantea un argumento aún más poderoso contra la idea de que este estudio dice mucho sobre el comportamiento humano: Entre bonobos (Pan paniscus, también llamados chimpancés pigmeos), una especie que es menos común que los Pan trogodytes (comúnmente llamados chimpancés a secas) al otro lado del río Congo en donde se centra el estudio, todo tipo de violencia es inusual y los asesinatos inter-comunales son casi desconocidos. (Wilson et al. examinó cuatro comunidades de bonobos y encontró solo una “sospechosa” de asesinato). De hecho, el comportamiento de los bonobos y sus estructuras sociales son muy diferentes a los de los chimpancés en muchas formas. Por ejemplo, a diferencia de los chimpancés, los machos no son dominantes entre los bonobos. Ya que los bonobos son tan genéticamente cercanos a los seres humanos modernos como a los chimpancés, éste es un fuerte contraargumento a la afirmación de que los ancestros comunes de los humanos y los chimpancés les transmitieron los genes del comportamiento violento.

Lo que mejor describe y explica el éxito espectacular de nuestra especie es el grado en que el comportamiento humano no está programado biológicamente —la capacidad de los seres humanos para transformarse al tiempo que transforman su mundo. Como escribiera Carlos Marx: “Toda la historia no es sino la transformación continua de la naturaleza humana”. En un libro que plantea esta compresión, Ardea Skybreak escribió: “Afortunadamente para aquellos de nosotros a los que en particular no nos gusta el actual orden de cosas, toda la historia apunta a que son las relaciones sociales prevalecientes, y no las restricciones innatas en nuestra configuración biológica, las que constituyen el factor clave que media todo aspecto de la vida social humana en diferentes puntos de la historia y en diferentes partes del planeta”.

Hay evidencia, incluyendo recientes hallazgos arqueológicos, de que a pesar de la existencia de violencia dentro de las comunidades y especialmente entre ellas, la guerra era desconocida entre los seres humanos modernos por más de 100.000 años. Hace unos 13.000 años, el desarrollo de la agricultura, la cría de animales y otros desarrollos en la forma en que la gente producía lo que necesitaba para vivir hicieron posible el surgimiento de la propiedad privada y la división de la sociedad en clases. Desde ese momento, las ideas dominantes en las sociedades han sido las que corresponden a los intereses y la visión de las clases dominantes.

Como dice Skybreak: “Qué irónico y revelador, entonces, que tan pronto como por fin alcanzamos un nivel en que existe una base material para abolir la opresión y la explotación a escala global, haya largas filas de apologistas en las ciencias y en los medios de comunicación que hacen el mayor esfuerzo posible en buscar algún tipo, cualquier tipo, de prueba para la idea de que hay algunas características innatas invariables de la naturaleza humana que harían imposible este salto”.

Las conclusiones injustificadas sacadas del artículo de Nature son un ejemplo de “sesgo de confirmación”, una especie de razonamiento circular en el que, consciente o inconscientemente, la gente escoge honrar una supuesta evidencia y descartar otra evidencia y argumentos porque consideran que la verdad está determinada por lo que sea que ya han concluido —o por las ideas predominantes en la sociedad, en este caso que la violencia y hasta la guerra están incrustadas en la estructura genética de los seres humanos.

El destacado científico multidisciplinar Stephen Jay Gould una vez describió tales conclusiones sobre la “naturaleza humana” como “especulaciones infundadas con peso político”. No existe evidencia científica de la existencia del tipo de “esencia” invariable e inmutable que se denota con el término “naturaleza humana”.

Como el bloguero John Horgan les recuerda a sus lectores, esta concepción de una “naturaleza humana” inherentemente violenta es popular no solo entre científicos considerados de alto nivel, como Edward O. Wilson y Stephen Pinker, también es propiciada por líderes políticos estadounidenses de la administración Bush y hasta Obama. “Barack Obama estaba aludiendo a tal teoría cuando dijo en 2009, al recibir el Premio Nobel de Paz, ‘La guerra, en una u otra forma, apareció con el primer hombre”, escribe Horgan. En otras palabras, mientras recibía el premio de paz, estaba argumentando que la guerra es una consecuencia inevitable y eterna de la biología humana.

Esta idea está implícita en los discursos de hoy de los líderes de Estados Unidos, Reino Unido y Francia sobre la situación en Siria e Irak, que ellos atribuyen a la “barbarie” y el “salvajismo”, como si la gente que rechaza la cruel e hipócrita “civilización occidental” que ellos representan estuvieran volviendo al estado inicial de la humanidad. Algunos comentaristas reaccionarios argumentan que esto hace erróneo el ver los factores económicos, sociales y políticos que dieron origen a los igualmente reaccionarios islamistas yihadíes, como los efectos de sus propias guerras de agresión y ocupación, y el sistema imperialista global que ha prosperado sobre la base de la dominación de naciones enteras por los capitalistas monopolistas asentados en un puñado de potencias.

Hay que abonarle a Wrangham, el autor del artículo, que le dijo al New York Times que “Sin duda no quisiera decir que los chimpancés tienen mucho que decir directamente sobre lo que está pasando en Siria” (17 de septiembre de 2014). Pero al argumentar que el comportamiento de los chimpancés indica que los seres humanos están programados para la guerra, como repite en esa entrevista, esa es la afirmación a la que ayuda y que se acomoda a sus propias conclusiones incorrectas.

El complejo comportamiento humano no está programado genéticamente, y mucho menos el comportamiento social, como la guerra, a ninguna escala. Como se ha visto una y otra vez en Occidente en los últimos meses, una “atmosfera de guerra” se hace, no nace. Se crea cuando los representantes políticos de las clases dominantes sienten la necesidad de ir a la guerra —es el resultado y no la causa de decisiones políticas.

Fuentes:

Este art ículo está en deuda con el blog de John Horgan en Scientific American, particularmente los artículos del 17 y 18 de septiembre de 2014, y del 29 de junio de 2010. En sus artículos del 23 de julio y 2 de agosto de 2013, Horgan aborda literatura reciente sobre el surgimiento de la guerra hace unos 13.000 años, luego de cientos de miles de años de existencia de los humanos modernos.

Bob Avakian aborda la cuestión de la naturaleza humana en una sección  de su libro Fuera con todos los dioses (JB-Books, 2009) y la examina en relación con las primeras sociedades humanas y el resto de la historia humana en “Puntos sobre el socialismo y el comunismo: Una clase de estado radicalmente nuevo, una visión radicalmente diferente y mucho más amplia de libertad”,en particular la sección “La ‘naturaleza humana’ inmutable no existe” (Revolución, Nº 41,  2 de abril de 2006, revcom.us).

De pasos primitivos y saltos futuros, de Ardea Skybreak (Tadrui, 2004), es un profundo e innovador análisis de la relación entre la evolución y la sociedad humana. Véanse en particular la parte II. 

 

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